sábado, 5 de mayo de 2012

Capítulo I del libro Caminos de sumisión

Podréis leer aquí los tres primeros capítulos del libro. Espero que sean de vuestro agrado y os animen a leer más.

I


Subió por las escaleras que llevaban al desván. Cada primavera era necesario bajar la ropa de verano y guardar allí, bien protegida en los viejos armarios y baúles, la ropa de invierno. Alba llevaba ya algunos meses en la casa, tenía treinta años y había llegado a aquel viejo caserón por casualidad. Habían pasado ya dos años desde la ruptura con su marido y todavía tenía en la cabeza los largos meses de peleas, de pequeñas mezquindades, de un divorcio traumático, de un ambiente irrespirable que le hizo plantearse salir de la ciudad.
En la oficina de empleo le habían sugerido, casi como última alternativa, un trabajo de criada en un pueblo lejano. Nada más que escuchó la oferta decidió que tenía que aceptarla. Aunque el sueldo no era muy alto estaba claro que podría ahorrar algo. Pero lo cierto es que el motivo que la llevó a dejar su casa y a vender o regalar aquellas cosas que había acumulado y que después descubriría que en realidad no necesitaba fue, sobre todo, la idea de vivir lejos de su mundo, lejos de los malos recuerdos. Deseaba, necesitaba una nueva vida, aunque fuese apenas durante un corto período, un tiempo para pensar que le permitiría comenzar de nuevo. La idea de una vida sencilla, alejada de todo aquello que hacía que por momentos no pudiese respirar, de una paz interior que deseaba por encima de todo, hizo que sonriese por primera vez en mucho tiempo.
Al principio le costó un poco acostumbrarse a las excentricidades del señor. Un hombre maduro y profundamente reservado que vivía solo en un caserón rodeado por un gran jardín, separado del resto del mundo por altos muros. Apenas viajaba, si bien parecía no estar desconectado del mundo, tenía ordenador, el teléfono sonaba a menudo y las visitas llegaban, misteriosas, de cuando en cuando. Se acostumbró a no preguntar nada y comenzó a disfrutar de una vida tranquila. Al fin y al cabo era aquello que más había deseado.
La casa entera estaba a su disposición. Es cierto que al principio le costó acostumbrarse a llevar un traje de criada, pero la verdad es que el respeto y la seriedad del señor le habían hecho olvidarse de ese tema. Si se le habían pasado por la cabeza preocupaciones sobre las posibles intenciones de un hombre que vivía en soledad y contrataba a una mujer joven, lo cierto es que las olvidó con el correr de los días.
Su vida pasaba tranquila, sus tareas eran las de atender la casa, cocinar e ir a buscar o encargar las provisiones en el pueblo, que se encontraba a apenas dos kilómetros de la casa. El resto del tiempo lo ocupaba leyendo en la gran biblioteca o en la terraza acristalada que incluso en el invierno se calentaba con los rayos del sol.
Se había acostumbrado también a cultivar flores en el invernadero, e incluso le atrajo la idea de plantar algunas cosas en una huerta. Cuando se lo preguntó al señor, este le dijo que podía usar el terreno como desease e incluso le dio algunos consejos y le recomendó una serie de libros sobre el tema.
Daba largos paseos por los caminos que atravesaban campos sembrados y que unían la casa con la aldea. Intentaba pasar el menor tiempo posible en el pueblo, sabía que allí murmuraban de su relación con el señor, pero como nadie se atrevía a decir nada en su presencia, no le importaba nada, se sentía bien.
Aquel día subió la ropa al desván y la metió en los armarios. Le gustaba el desván con sus viejas y centenarias vigas de castaño. Siempre le habían gustado aquellos sitios misteriosos en los que se podía sentir el aliento del pasado. A veces, cuando acababa con las tareas, subía y se sentaba a meditar, iluminada por los rayos de luz que rompían la oscuridad del desván desde unas pequeñas ventanas que daban al jardín. Era un buen sitio para pensar y para disfrutar de mirar los objetos allí olvidados desde hacía mucho tiempo.
Ese día, sin ningún motivo, empezó a curiosear por el desván. En el fondo, al lado de una ventana, había una vieja arca de madera de roble con herrajes en forma de figuras de animales. Esa gran arca siempre le había llamado la atención pero no le había dado más importancia.
Esta vez se acercó, miró la gran llave de hierro puesta en la cerradura, y no pudo resistir la tentación de girarla y levantar la tapa del arcón. Nada del otro mundo, algunas fotografías enmarcadas con personas vestidas de gala, dos o tres libros, unas mantas y un estuche negro, largo y ancho con algunos centímetros de espesor. Levantó el estuche y lo dejó en equilibrio sobre la esquina del arca, para ver lo que había debajo. Algunos periódicos con más de diez años, cintas de cuero fino cuidadosamente enrolladas y un mazo de cartas atadas con una cinta de raso negro.
Sin desatar la cinta intentó pasar, una a una, las cartas. La letra de los sobres era claramente femenina, aunque juraría que correspondía a más de una mujer.
Sintió la tentación de querer leer las cartas, entonces observó que uno de los sobres estaba rasgado y se podía leer parte de su contenido.
Soy su esclava, mi Señor, su perra, su puta en celo. Mi corazón, mi cuerpo, mi mente son suyos, castígueme o úseme para su placer cuando quiera.
El párrafo seguía en el reverso de la carta. Hizo fuerza para desatar la cinta y con el breve impulso hizo caer al suelo el estuche que antes había apoyado en la esquina del arcón. Se quedó inmóvil al sentir el ruido del golpe contra el suelo. Esperó unos segundos. No, no parecía que él hubiese escuchado nada, las paredes de piedra eran anchas y supuso que a esa hora estaría durmiendo la siesta.
Recogió entonces el estuche y vio, alarmada, que se había roto el lacre con el que habían sellado la cerradura. Tuvo miedo, pero abrió el estuche. En su interior había una fusta negra, con una lengüeta ancha y flexible y una empuñadura de cuero con un símbolo grabado. También había un antifaz negro, como aquellos que había visto en algunas fotografías de mujeres en bailes de carnaval.
Se quedó pensativa, mientras asociaba ideas. Después decidió ponerse el antifaz y mirarse al espejo del armario que tenía enfrente. Se veía rara, bajó sus ojos y nuevamente volvió a mirarse, abrió entonces la carta en la que estaban aquellas palabras que la habían intrigado  y siguió leyendo:
Soy suya, siempre lo he sido y lo seré, he nacido para servirle, no le conocía y aun así le buscaba en mi interior. Sus besos, sus caricias, sus azotes, el dolor y el placer que me hace sentir no son comparables con la felicidad que me da el estar a su lado, aunque sea en breves momentos.
Ella, se quedó pensativa, imaginó lo que sería sentir esa fusta, la acarició suavemente, notó con sorpresa su excitación, la humedad en su sexo, el deseo de seguir leyendo y de seguir sintiendo lo que sentía en esos momentos.
La campanilla la sacó del trance, el señor la llamaba. Cerró el estuche al instante, guardó el antifaz a su lado, metió deprisa las cartas en el arca y bajó las escaleras con rapidez, al tiempo que deseaba volver más tarde para descubrir los secretos que había dentro de aquellos sobres.
Transcurrieron varios días hasta que cobró el valor necesario para volver a abrir aquel viejo arcón. Durante esos días había mirado con curiosidad al señor, había intentado descubrir en aquella figura amable y educada una mano capaz de blandir una fusta y hacerla sonar sobre la piel de una mujer. Se descubrió varias veces mirando esas manos e imaginó como abrazarían aquellos dedos el cuero. Se sorprendió porque sentía vergüenza por lo que había hecho, y excitación también, por lo que había leído y por lo que podría estar escrito en aquellas cartas.
Ese día el sol parecía haberse escondido entre las montañas y una lluvia pertinaz quería saludar a la primavera. Hacía frío. Alba subió al desván y buscó una manta en un armario. Después se aproximó a la cerradura que escondía el objeto de sus deseos, abrió la que podría ser su particular caja de Pandora y, envuelva en la manta, sentada en el suelo y apoyada en una esquina del desván, protegida del mundo, comenzó a ordenar las cartas por fecha.



Comprar el libro Caminos de Sumisión


Autor: Manuel Salcedo
Editorial: Vessants - Colección La Pluma de seda
Edición en español Papel y Ebook.

Permitirme dedicar este hilo para indicar el lugar donde podéis adquirir la novela Caminos de sumisión. El libro no está de momento a la venta en las librerías así que parar poder adquirirlo hay que encargarlo en el blog de la editorial que es laplumadeseda.blogspot.com o bien encargármelo directamente a mi.
En estos momentos está disponible en papel y en formato digital. Espero que os guste y me gustaría que me dieseis vuestra opinión.

Dominar



 El Dominio, el derecho de propiedad sobre una sumisa que se entrega voluntariamente, que deja el control sobre una parte determinada o sobre toda su vida a un Señor, es una responsabilidad y no un medio de disfrutar del dominado. Es cierto que la entrega de la sumisa le otorga a su Dueño esa capacidad, ese derecho de usar su cuerpo, de disfrutar de ella como plazca, de convertirla en su juguete erótico, de castigarla o de humillarla. Pero no menos es cierto, que esa capacidad no tiene sentido si no esta integrada en la responsabilidad del Dominante de educar y guiar a la sumisa en un proceso en el que el sexo o las sesiones tienen un papel secundario.
Lo verdaderamente fácil es usar a la sumisa, extraer de ella sin más el placer. Pero ¿Es eso dominar? O no es más bien no cierto que eso es la consecuencia de la dominación.
Usar a la sumisa pasando de ella, follarla para tu placer. Sí, eso es placentero, pero si se hace porque sí y nada más entonces se convierte en algo banal. En cambio si se hace para conseguir un objetivo para que se sienta más entregada, que se note tuya, tu juguete, tu propiedad y que se sienta orgullosa de serlo, que note la humillación y que esa humillación haga que se sienta más excitada y mas avergonzada y mas orgullosa de ser lo que es, entonces todo cobra un sentido diferente.
La sumisa no se entrega única y exclusivamente para ser usada, porque de ser así podría serlo dentro de una relación de las que llamamos vainilla, sin necesidad de tener un Amo. La sumisa espera y tiene todo el derecho de hacerlo, ser educada, guiada y adiestrada e ir creciendo en su sumisión y notar como el Señor lleva la correa en la mano y tira de ella cuando lo desea.
El Dominante, a mi modo de ver, tiene que enseñar con firmeza y disciplina, pero también con compresión, un camino a la sumisa. Un camino que tiene que ser coherente. No es necesario que la sumisa sepa donde va ese camino, pero ella tiene que notar el dominio de su Señor y que este poder no se base en, única y exclusivamente, en que las cosas se hacen como él quiere y basta.
Para ello el Señor tiene que conocer bien a su sumisa y tiene que existir una confianza basada tanto en la entrega de la dominada, como, sobre todo, en la entrega del Señor en el procese de enseñanza para poder llegar a merecer el apelativo de Dominante por sus actos y no solo por su nombre.
De la misma forma que el Dominante disfruta de la sensación de poder y la sumisa de sentir el dominio de su Dueño, de sentirse su propiedad, su objeto de placer, no menos cierto es que el Dominante tiene que disfrutar sobre todo de la capacidad de administrar ese poder y de pulir a su sumisa y domarla poco a poco, degustando cada momento de su entrega como si fuese el último en un sendero de sumisión y manteniendo cada día viva la llama de la entrega.


Caminos de sumisión


 
Caminos de sumisión es la consecuencia de todos esos recuerdos e imágenes guardadas desde hace más de diez años. La novela narra la historia y la evolución de una joven, Alba, que huye de la ciudad para trabajar en la casa de un hombre en el campo. Un día, encuentra en el desván un viejo arcón y dentro de él unas cartas que le enseñan sensaciones y deseos que nunca había tenido. Son las cartas de Clara y de Rosa, las dos sumisas del dueño de la casa y de sus vivencias Alba comienza a ver al señor de la casa de otra forma diferente. En la primera parte del libro la joven inicia, inconscientemente a través de esas cartas, el proceso hasta estar preparada para entregarse. En la segunda parte Alba se entrega y siente todas aquellas cosas que había leído y deseado.
El título de la novela refleja en cierta forma mi manera de ver una relación D/s. En la vida cada persona expresa su creatividad, sus inquietudes, sus gustos de formas muy distintas y cada una de ellas muy respetable. Siempre he pensado que lo importante es disfrutar del camino de sumisión, de guiar a la sumisa por ese camino, sin prisas, de lo que se hace en cada momento y obtener su placer de ese goce.
He disfrutado mucho de escribir esta novela y me conformaría con poder transmitir parte de ese placer interior a los lectores. Ahora es el tiempo de ellos. Para algunos será un ejercicio banal de escritura sin gran mérito, para otros, más afines a mi forma de sentir les agradará y servirá de entretenimiento.

Porqué escribir


Siempre he escrito, siempre me ha gustado jugar con las palabras, crear situaciones en mi mente y después convertirlas en frases sobre el papel, haciendo surcos, como un arado, en la superficie blanca y vacía de las hojas.
Quizás por eso me gusta también tallar madera y quizás por eso también me gustaría trabajar con arcilla. Y también por eso entiendo la Dominación como un proceso y no como un objetivo, el proceso de modelar, educar a una sumisa, guiarla por un sendero disfrutando del viaje sin importar el destino.
Durante años escribí pequeños textos de ámbito bdsm, algunos llegaron al papel, otros se quedaron en mi mente. Hace muchos años compartí alguno de esos textos en una añorada lista de correo. Después todas esas imágenes e historias se quedaron un ámbito más privado.
Muchas veces mientras hablaba con mi sumisa comentábamos que algún día volcaría en un papel todas aquellas historias, pero ese momento, sin ningún motivo en especial, nunca llegaba a realizarse. Era como guardar un viejo trozo de madera rescatado de una playa y tenerlo durante mucho tiempo abandonado, hasta que un día te despiertas y ves en él una forma determinada. En ese momento es cuando vuelves a tallar, vuelves a escribir, y disfrutas de hacerlo porque en ese momento ha cobrado sentido hacerlo.
De la misma forma que durante un tiempo deje de escribir, un día todas aquellas situaciones e historias que pasaban por mi mente cobraron sentido y volví a sentir la necesidad de escribir, de disfrutar construyendo frases y situaciones.
Todas aquellas imágenes, vivencia, recuerdos, experiencias, se convirtieron en una historia mayor y ese fue el momento adecuado de volver a escribir.

Presentación del blog


Nada mejor para comenzar este blog que responder a unas sencillas preguntas.
¿Quién soy? ¿Porqué un blog? ¿Puede haber alguien interesado en mis palabras?
La primera pregunta es fácil de responder, soy Manuel Salcedo, un hombre que está cerca de los 50 años, Dominante, que ha disfrutado de este tipo de relaciones desde aquellos inicios de Internet en los años noventa cuando los canales de irc eran apenas un grupo de conocidos. Un Amo con sumisa desde hace años al que le gusta dialogar, las buenas conversaciones en lugares tranquilos bebiendo una copa o mirando como se consumen lentamente las llamas en un fuego.
¿Porqué un blog? Porque creo que es el método más adecuado para expresar opiniones, para compartir una experiencia de años.
¿Tengo algo que ofrecer?
La respuesta más simple es decir que sean los lectores lo que decidan. Quizás lo cierto es que ha llegado el momento de dejar a la vista una serie de pensamientos, de imágenes, de reflexiones sobre las relaciones de Dominio y sumisión que hasta ahora habían quedado en un ámbito privado y que ahora me apetece compartir.
No se deben entender estas reflexiones como verdades absolutas, porque siempre he pensado que no hay verdades absolutas en las relaciones bdsm. No debéis esperar que pontifique, porque no hay nada que esté más lejos de mi intención. Las relaciones de Dominio y sumisión tienen una base, unas normas establecidas, unas pautas de relación y de conducta que suponen el lenguaje que nos permite comunicarnos, pero más allá de esas bases se encuentra un delicioso mundo de posibilidades que explorar. Es esa diferencia sobre una base común lo que enriquece la vida y hace que no sea un tedioso y homogéneo conjunto de realidades.