domingo, 31 de marzo de 2013

Solucionados los problemas con los botones de venta

Los problemas que ha habido en los últimos días en los botones de venta del libro Camino de sumisión están solucionados. Muchas gracias por haber avisado a la editorial del problema.

sábado, 30 de marzo de 2013

Actualización de puntos de venta

En la barra lateral se encuentran los links a las actualizaciones de los puntos de venta de Caminos de sumisión, en formato papel y ebook.
En formato papel el libro puede ser ya encargado en las páginas de librerías de Argentina, Mexico y Colombia, además de librerías de diferentes puntos de España.
En cuanto al ebook, ademas de poder ser encargado en la página de la editorial, en formato pdf o epub con personalización con el nombre del comprador, ya está también disponible en formato kindle en la página de Amazon.com, así como en las páginas de Amazón de España, Inglaterra, Canada y Brasil. Igualmente puede ser adquirido en formato pdf en la página de Lulu.com.

domingo, 24 de marzo de 2013

Recuerdo

La primera vez que la vi ya estaba entregada. Fue ella la que me pidió, casi como una súplica, que la primera vez que mis ojos viesen su cuerpo fuera desnuda, boca abajo sobre la cama, con los ojos vendados. Recuerdo la excitación al levantar el felpudo de una puerta desconocida, después de un largo viaje, y ver la llave que abriría mucho más que una puerta. Mucho más que esa puerta detrás de la que había una casa que olía a incienso y en la que sonaba una leve música. Esa misma casa que exploré tomándome mi tiempo, hasta encontrar su cuarto y verla allí entregada, nerviosa, y notarla temblar como una hoja al sentir mis dedos que rozaban levemente su espalda.

sábado, 23 de marzo de 2013

La privación de los sentidos



Es evidente el efecto que produce la anulación de los sentidos en una sumisa. La venda en los ojos, unos simples tapones en los oídos, el no saber que va a suceder o cuando va a suceder, el tiempo que ha pasado, todo ello contribuye de manera especial a que sienta más, a que sea más consciente, aún si cabe, a su condición.
Sin embargo siempre he creído que esa anulación de uno de los sentidos es también especialmente interesante para un Dominante, en determinadas circunstancias. Intentaré explicarme. Las primeras veces que he hablado con una sumisa por teléfono, antes de conocerla en persona, o incluso después, en los primeros momentos de la relación; el hecho de no ver su cuerpo, la circunstancia de ver disminuida la cantidad de información que llega al cerebro en forma de imágenes y tener que atender simplemente a la información que llega a los oídos, ha hecho que sienta de manera especial a la sumisa. En esos momentos un simple cambio en el tono de su voz al excitarse, un gemido que nace sin poder ser contenido, el temblor en su voz ante lo inesperado o ante la humillación, se convierten entonces en un placer especial que no hubiera sido posible con la distracción de ver su cuerpo entregado.
Un Dominante debe contenerse a menudo y no dejarse llevar por los sentidos y los deseos. La posibilidad de usar a la sumisa es tentadora pero aun lo es más la posibilidad de conocerla hasta en sus más pequeños detalles. Esos pequeños detalles y reacciones que permiten profundizar en su doma y en su aprendizaje de una forma más completa y duradera.

lunes, 18 de marzo de 2013

Puntos de Venta

La editorial que ha publicado Caminos de sumisión ha llegado a un acuerdo para que la novela en papel pueda ser comprada también en diferentes puntos de venta, tanto de España, como de varios países en América. A medida que me indiquen esos puntos de venta os los comunicaré. El libro podrá ser adquirido en la página web de esas librerías y también podrá ser encargado en las propias librerías. La edición digital seguirá vendiéndose a través del link que hay en la barra de herramientas de esta página.

Aquí tendréis actualizados los puntos de venta del libro impreso: Puntos de venta

viernes, 15 de marzo de 2013

Placeres inmediatos y placeres sutiles



Hay placeres evidentes y placeres sutiles. Hay placeres inmediatos y placeres que se saborean lentamente.
Usar sin contemplaciones a la sumisa, tomándola como la propiedad que es, de forma inesperada, sin más, produce un placer inmediato. El placer de usar y el placer de ser usada. Un placer que a menudo es efímero y violento y muere como una mariposa ante el fuego, dejando un instante de vacío, no obstante también placentero. Es un tipo de placer que personalmente creo que no puede servir como piedra sólida en la que asentar una relación de Dominio y sumisión, pero que no solo es necesario en su justa medida si no que, además, es recomendable para la educación de una sumisa..
Por el contrario siempre me ha producido un placer mayor, mas intenso y duradero el disfrutar del momento anterior, sea este breve o de muchos días. La preparación, jugar con su mente, hacer que tome iniciativas, que no sea solo una máquina de esperar, que se prepare para el momento; que en esa preparación, en ese decidir que ponerse, que perfume usar, como esperar a su Dueño, que palabras decir ante él, o que silencio ofrecerle, sirva para que sea más consciente de su entrega y de su sumisión. Para que sea aún más consciente aunque este haciendo la tarea más monótona y cotidiana, de a quien sirve, y que por ello no pueda evitar que su mente vuele excitada en todo momento y desee sentir el calor de unas manos tomando su cuerpo, anhele los azotes, el ser tomada o simplemente el estar ofrecida ante él, desnuda, mientras la ignora como a un mueble. Un mueble humillado, encharcado, tembloroso y excitado.
De usarla sin más se obtiene ese placer inmediato, pero de paladear durante días la idea de entrar en la habitación y verla ofrecida, sin saber lo que se va a ver, de saborear en la mente el placer de inspeccionar, de premiar o corregir el resultado, se obtiene un placer más sutil, más profundo que alcanza su climax cuando se escucha ese delicioso gemido y temblor al rozar levemente su clítoris con los dedos deslizándose entre sus labios para comprobar su humedad.
Después es el momento de disfrutar de su cuerpo, de azotarlo, de follarlo, de sacar de él todas las notas musicales, todos los gemidos, temblores, lagrimas de placer y de dolor, de llevarla hasta sus limites, de hacer que desee superarlos, de disfrutar de su entrega; una entrega sincera, directa, sin concesiones, una entrega que no espera un premio, que simplemente disfruta de ser un juguete en las manos de su Amo y de ver el placer en la mirada del Dueño de su placer.
Y al fin el último sorbo de placer, decidir si se desea verla explotar o si se desea negar ese orgasmo y disfrutar de verla caliente, muerta de ganas de correrse y al mismo tiempo deseando estar así de caliente para siempre.
Una decisión difícil, sí. Pero una decisión sumamente placentera… todo está en la mente.

VI Capítulo de Caminos de sumisión



Al día siguiente Alba se despertó temprano, excitada, como si aquel orgasmo no hubiese sido suficiente para saciar todos aquellos orgasmos anteriormente contenidos. Remoloneó un rato en la cama y después se levantó para preparar el desayuno.
El señor le había dicho que no los molestase hasta las diez y que entonces sirviera el desayuno en el jardín. No hizo falta avisarlos, los dos bajaron puntuales. Él con pantalón y camisa, ella con un vestido por encima de la rodilla. Estuvieron un rato hablando mientras desayunaban en el jardín. Después dieron un paseo entre los rosales, mientras Alba recogía la mesa.
A las doce Alba fue a buscar las maletas. El señor estaba en el porche, hablaba con Rosa y le susurraba algo al oído. Ella tenía las manos en la espalda, no de forma muy acentuada, y sus labios estaban húmedos, sin poder evitar mordisquear el labio inferior a cada momento.
Él tomó el cello y lo llevó hasta el coche. Ella mientras tanto se acercó a Alba para despedirse, dándole dos besos muy, muy cerca de los labios y casi inmediatamente le susurró al oído.
—Ha sido un placer, Alba. Espero que tengamos oportunidad de conocernos mejor en otro momento y que puedas escuchar mi música, como ayer, pero delante de mí... Será nuestro pequeño secreto...
Después de decirlo la miró brevemente, le hizo un guiño pícaro y le sonrió.
—Tienes aquí mi tarjeta, si alguna vez vas por mi ciudad estaré encantada de enseñarte, cosas…
Alba se quedó parada, sin saber qué decir e intentó asimilar las palabras de Rosa. De inmediato se dio cuenta de que sonreía, esa mujer tenía la virtud de hacerla sonreír.
—Gracias, señora, es muy amable conmigo.
El coche partió en dirección al aeropuerto y ella se quedó sola en casa. En cierto modo tenía tanta vergüenza y miedo por que la hubiese descubierto, como una sensación de libertad al saber que alguien más sabía lo que sentía. Por un lado le aterraba que ella se lo contase a él, por otro se moría de ganas de que él conociera todos sus deseos. Sin darse cuenta se había enamorado de aquel hombre que no parecía hacerle mucho caso y también de su mundo, ese mundo de dominación y de sumisión, que había penetrado tan dentro de su mente. Entonces sintió la necesidad de saber más de Rosa, miró la tarjeta, se sorprendió al ver que vivía en la misma ciudad en la que ella había crecido, y reconoció la letra. Era la misma letra de la carta de la llegada de Clara y también de una de las cartas que aun no había leído.
Subió rápidamente al desván, no podía esperar a que él volviese del aeropuerto, buscó apresuradamente esa carta y comenzó a leer.
Quince minutos. La voz sonó en la puerta entreabierta. La cara de la chica la miró fugazmente, sentada ante el espejo, con los ojos cerrados y una melancólica sonrisa, mientras acariciaba melosa su cello. Quince minutos. Cuántas veces escuché esas palabras en teatros de todo el mundo, cuántas veces sentí en mi vientre los nervios antes de salir y enfrentarme a miles de ojos curiosos y anhelantes. Y sin embargo este día no era como otros. Largos años rechacé volver a tocar en esta ciudad, largos años huyendo de ella. Mi mente no está en el camerino. Mis pensamientos están muy lejos. Mis ojos entonces también estaban cerrados…
Yo tenía los ojos vendados y el cuerpo desnudo, estaba sentada en un pequeño taburete, entre mis piernas expuestas y abiertas, el cello, como un sonoro amante, unas pinzas lacerantes en los pezones, y gemidos de placer que salían de la madera y de las cuerdas. Él siempre sentado en el sofá, mirando, escuchando, disfrutando de verme, mientras bebía una copa de vino.
Haz gemir al cello, dale vida, que su sonido sea lamento, placer, excitación, que su canto limpie el aire de esta sala.
Sonrió al recordar como se había sentido al día siguiente, los pezones doloridos, el cuerpo excitado, las nalgas aún resentidas, la manera en que tocó su viejo y querido cello en la clase de música, sacándole por vez primera sonidos que de él nunca habían salido. Sí, recordaba la cara de sorpresa del viejo profesor, la admiración, la fuerza que nacía de su interior.
Dolía, dolía recordar todo esto, tan lejano y tan cercano.
Cinco minutos. La voz viva y joven me hizo entreabrir los ojos y mirar el cello. Hermoso, sensual, una pieza de museo, una joya de artesanía que, con todo, cambiaría sin pensar por mi viejo cello. Dolor nuevamente. Haberlo perdido de aquella manera. Tener que entregarlo, que venderlo para pagar un viaje, una nueva vida, unas caras lecciones en un país lejano. Mil veces intenté recobrarlo, mil veces su propietario se negó a vendérmelo. Cada vez que llamé a sus abogados, cada vez que insistí con ellos, recibí un no por respuesta. Rabia, la rabia de sentir que el idiota que lo poseía no era quizás más que un amante de la colección, que deseaba tener el cello de alguien conocido.
Primero me desnudo, y luego me visto con mi ropa de escena, con un largo y amplio traje negro y, como siempre, dejo que la seda acaricie mi cuerpo como un rito y que nada más que ese vestido acaricie mi piel. Suspiro, no se por qué, pero siento el deseo de  ofrecer, de dar; acaricio con mis manos dos pinzas que él me regaló en forma de joyas de plata, con unas lagrimas pesadas que caen, y las coloco en los labios de mi coño rasurado. Deseo sentir dolor, placer, para poder sacar del cello todo lo que llevo en el alma.
La luz se desvanece lentamente en el centro del escenario, mis ojos cerrados detrás del cello, siempre cerrados mientras toco. Las notas que suenan y atraviesan el aire. El recuerdo de sus palabras que se cruzan en mi mente y juegan con las notas.
Tú serás mi cello —me dijo un día—. Sacaré de ti cada nota, cada gemido, cada suspiro entre mis piernas, como el cello entre las tuyas; serás mi vivo instrumento, mi fuente de placer, llorarás de placer, de dolor, de angustia, sentirás y me harás sentir.
Mi mente está en blanco mientras toco, los labios de mi coño ardiente con las joyas que cuelgan de de ellos, mis manos llenas de vida mientras dan vida a la música de Bach. Mi mente está lejos, en otro tiempo, en la misma ciudad.
En mi cuello llevaba una cinta negra, mis ojos vendados con un pañuelo de seda, mi cuerpo desnudo mientras tocaba el cello. Él siempre esperaba a oír en la calle los gemidos, las notas hirientes que lo llamaban y deseaban. Después entraba y se sentaba para verme, para escuchar mi música, y esperaba para hacer después de mí el más hermoso de los cellos.
Ahora los aplausos, los gritos, y yo saliendo del escenario y entrando de nuevo a saludar, cuando en realidad todo lo que deseo es estar sola y huir, volver a casa, a la vieja casa, echarme en la cama y llorar, y tocarme, y sentir placer en lugar de hacer el paripé, atender a todos, recibir las flores antes de poder huir hacia casa, cansada y melancólica. Salgo del teatro, huyo de la gente que solo quiere estar a mi lado, le doy al taxista la dirección de mi vieja casa, tanto tiempo abandonada, y tiemblo mientras el coche pasa por calles conocidas hasta pararse delante del portal.
Abro con miedo la puerta de esa casa a la que no he vuelto desde hace años, todo está igual, los mismos muebles, las mismas cosas. Entró en la sala y me quedo inmóvil. Mi viejo cello está en el centro de la sala desnuda, a su lado una silla y sobre ella un pañuelo, una negra cinta de seda y un sobre cerrado, sin nada escrito por fuera, que abro apresuradamente, rasgando el papel, muerta de ganas de leer lo que hay dentro.
«No tendría que haberme negado tanto tiempo a venderte el cello. Lo compré como una ofrenda, para tener un hermoso recuerdo. Sabía que no aceptarías mi dinero, que necesitabas partir para crecer como música y que la única forma era romper el lazo que te unía a mi voluntad. Muchas veces coloqué este cello en medio de la sala y escuché uno de tus discos, recordándote a ti y recordando a Clara. Pero ahora nada de eso importa, esa sensación de culpa por no haber aceptado tus propuestas de comprar de nuevo el cello se ha ido. No podía permitir que supieses que era yo quien lo había comprado hasta que volvieses a la ciudad. ¿Recuerdas?  “No volveré a esta ciudad si no es para ser tuya”, me dijiste y ahora has vuelto, tu camino ha pasado de nuevo por esta ciudad.
 Por eso hoy te escuchado en el teatro. Por eso no esperé al acabar el concierto y vine rápido. Por eso estoy ahora sentado en el banco que está debajo del viejo chopo y espero allí, mientras noto la niebla fresca en la cara, el momento en que sienta de nuevo la música y poder entonces entrar y volver a tocar mi cello.»
Lloré, tengo que confesar que lloré, lo demás ya lo sabe mi Señor, lo demás lo ha visto al entrar: una dama entregada, su perra, mi cuerpo desnudo y pinzado, que siente el dolor y el placer de esperar mientras toco, hasta que mi señor decida que es el momento de usar su cello.
Alba saboreó cada una de las palabras, deseó sentir todas esas cosas y, al recordar el breve roce de los labios de Rosa en la comisura de los suyos, se sorprendió al descubrir que la deseaba también a ella. Pero, sobre todo, supo en este mismo instante que ahora deseaba más, necesitaba más.


sábado, 6 de octubre de 2012

Sonríen


Él lee el periódico distraído, sentado en el sofá ignora totalmente a las tres figuras desnudas que hay en la sala. Las dos mujeres están sobre una alfombra besándose, se comen las bocas sonriendo con lujuria mientras sus manos pellizcan, acarician, penetran. Están excitadas, saben que no pueden correrse y eso hace que se humedezcan aún más. El sentirse ignoradas hace también que su mente se acelere y que se concentren cada vez más en darse placer. 
El sumiso está de pie, con sus manos en la espalda. Es un hombre alto y delgado, sin vello, perfectamente depilado. Su sexo está duro y su cuerpo erguido como una estatua que espera una orden.
El Señor acaba las últimas páginas del periódico, lo dobla y mira a las mujeres. Es el único que está perfectamente vestido con un traje de color negro. Después mira para el sumiso y le ordena que se acerque, le sopesa los testículos depilados con su mano mientras le pregunta porqué está excitado. Sabe perfectamente que el sumiso es heterosexual, pero sobre todo que le excita la entrega y la sumisión. Eso le divierte, le da un profundo placer jugar con sus mentes. Entonces le ordena que se ponga de rodillas, se recuesta en el sofá mirando para las dos sumisas y le dice que desabroche sus pantalones y que use su boca para ponerle la polla tan dura como una piedra. Quiero usar a esas perras, le dice, y tu vas a conseguir que mi polla esté bien dura.
A él no le ponen los hombres, pero siempre un especial placer en ver al sumiso humillado, entregado, avergonzado y sometido. Obtiene en ese momento el placer mas de disfrutar del Dominio que de notar la boca del sumiso. Las mujeres se tocan pero no pueden quitar la vista de la imagen del sumiso lamiendo y chupando y las dos desean ser ellas las que notan como la polla de su Dueño se pone dura dentro de la boca. Cada vez están más excitadas. Saben lo que va a suceder. Él mandará retirarse a una esquina al sumiso, hará que se siente sobre sus talones, con las manos en la espalda y la cabeza baja, avergonzado y excitado y después les ordenará a ellas que se pongan una al lado de la otra, a cuatro patas con los pechos apoyados en la alfombra y sus nalgas levantadas hacía el, ofreciéndose para que las use como quiera.
La dos saben que entonces el las follará sin contemplaciones, pasando de ellas, haciendo que se sientan nada más que dos coños y dos culos abiertos y excitados. No lo pueden evitar, las dos sonríen mientras se mordisquean los labios. Solo de pensarlo notan como se encharcan cada vez más.

lunes, 23 de julio de 2012

V Capítulo de Caminos de sumisión


Los días pasaron haciéndose más largos y calurosos. El señor seguía con su particular juego de ajedrez con Alba; le dejaba tiempo para curiosear entre las cartas y advertía como su mirada se hacía, poco a poco, diferente.
Alba estaba caliente todo el día. En las cartas Clara no se corría y estaba como una perra en celo, que deseaba ser usada, que se moría de ganas de correrse y, al mismo tiempo, deseaba no hacerlo. Eso hizo que Alba desarrollase un extraño juego íntimo que nació de esa decisión que había tomado entre las sábanas de su cama. Era juego y a la vez era complicidad, una complicidad entre ella y una mujer que no conocía, entre su día a día y algo que había sucedido tiempo atrás.
Algunas veces Alba dejaba que ese juego la arrastrara más allá de los límites de su dormitorio y decidía no llevar bragas bajo el uniforme. Durante el día estaba tan absorta en sus tareas que se le olvidaba, pero siempre había un momento en que se acordaba de su desnudez, y entonces sentía cómo se mojaba su coño desnudo. Si eso sucedía en presencia del señor, no podía evitar preguntarse si él lo sabía, concretamente se preguntaba si él podía oler su sexo, y una parte de ella deseaba que, de repente y sin venir a cuento, él hiciera un gesto y la tomase, en cualquier parte de la casa, sin miramientos, que la hiciese suya, aunque esa expresión ya no significara lo mismo que antes de encontrar esas viejas cartas en el desván.
A principios de verano él le dijo que se ausentaría unos días y que si necesitaba algo podía llamarle por teléfono, pero que lo hiciera únicamente si era necesario.
Los días sin él en casa se le hicieron largos. Primero pensó que estaría bien poder descansar unos días, pero después echó en falta los pequeños e inocente rituales, el llevarle el café al porche al final de la tarde, el estar atenta a si necesitaba algo, e, incluso, el escuchar su voz.
Aprovechó su ausencia para leer las cartas en el salón, debajo de un árbol en el jardín, en la tumbona al lado de la piscina. Muchas veces se preparaba algo de beber y se acomodaba en cualquier parte de la casa para leer tranquila, pero al final siempre acababa en la habitación que más le recordaba al lugar que describían las cartas.
En las cartas Clara avanzaba en su sumisión, era usada para el placer de su Dueño y no se corría. Alba tampoco tenía placer. Jugaba a estar a punto de correrse y después cerraba los ojos, intentaba controlarse e imaginaba que él estaba a su lado, que la miraba y podía escuchar su respiración entrecortada.
Imaginó muchas cosas. Lo imaginó delante de ella, de pie, desnudo. Imaginó su boca acercándose a su polla, imaginó cómo crecía y se ponía dura dentro de su boca, imaginó cómo se la chupaba mientras él la movía lentamente y se follaba ese coño dotado de lengua. Y lo mejor, imaginó que él la acariciaba al mismo tiempo suavemente y le daba un azote de vez en cuando, con la fusta o con un gato, en su culo y su espalda, un azote que le decía que le pertenecía y que hacía que su coño se encharcase aún más.
Pero también imaginaba que la acariciaba con ternura y tiraba de ella, que la llevaba hasta la cama y la ataba después, boca arriba, y la mimaba y la acariciaba, hablándole suavemente al oído, haciendo que su cuerpo y su mente se abriesen aún más para él, y que después la follaba, muy, muy adentro.
Todas estas imágenes hacían que estuviese caliente todo el día. Iba siempre sin ropa interior y notaba el roce de la ropa en su piel. Algunas veces se ponía desnuda, de rodillas, sentada en los talones sobre la alfombra de la sala, con las manos en la espalda, como había leído tantas veces que se ponía Clara, y se quedaba así, sintiéndose un poco ridícula pero sintiéndose también muy excitada.
Imaginó que en vez de llamar a la puerta del señor para despertarlo, entraba en la habitación y lamía su cuerpo hasta que él se desperezaba y entonces él le ordenaba que chupase su polla hasta correrse dentro de su boca.
Y se imaginó, también, desnuda en el jardín, con un collar en su cuello unido por una correa a la mano de su Dueño, que había decidido llevarla de paseo. Hasta llegó a probarse alguno de los collares de los mastines, que eran su única compañía esos días y, aunque le quedaban grandes, le gustó verse así en el espejo.
Pensaba que estaba loca, que se estaba montando una película en la cabeza, que no era normal sentir esas cosas, que ella, precisamente ella, que nunca había aguantado que la mangoneasen, no podía anhelar de esa forma tan intensa ser un cuerpo entregado, un animal caliente y excitado, para ser usado como aquel hombre quisiera. Pero al final siempre podía más la excitación que la vergüenza, el deseo que el miedo, la alegría de vivir que pensar en esas cosas y en la humillación de imaginarse en esas situaciones.
Y sí, el mismo día que iba a llegar el señor probó por primera vez las pinzas de la ropa. Había leído como el señor jugaba a menudo con Clara y le pinzaba los pechos, los labios de su coño, su lengua, su clítoris. Y ella hizo lo mismo y sintió un profundo dolor al principio que se convirtió en excitación cuando notó como su coño se humedecía. “En qué me estoy convirtiendo”, pensó asombrada, pero fue un pensamiento fugaz y se dejó llevar por el placer de masturbarse mientras las pinzas apretaban sus pezones.
Al atardecer sintió como los mastines se desperezaban y comenzaban a gemir. Ellos escuchaban el motor del coche mucho antes de que hiciese todas las curvas que había antes de la casa. Ella abrió el portón al ver llegar el coche, y después de que este entrase volvió a cerrarlo.
Cuando se acercó al coche vio que el Señor no venía solo. Con él salió del coche una mujer de unos cuarenta años, pelirroja, vestida con un vestido corto, a medio muslo, que se abría por delante. Llevaba unas sandalias de tacón bajo que se unían con cintas a sus tobillos y a sus piernas.
—Buenas tardes, Alba, espero que no se haya aburrido mucho estos días.
—No, señor, tenía mucho que hacer en el jardín, así que he estado muy ocupada.
—Veo que se ha puesto morena, espero que haya aprovechado la piscina.
—Lo he hecho, señor, muchas gracias por ofrecérmela.
—Vaya, parece que de repente me he vuelto maleducado, esta es Rosa, una vieja amiga que pasará esta noche con nosotros.
Al escuchar ese nombre Alba se estremeció. Rosa. Tenía que ser la mujer pelirroja del relato con Clara. Las figuras de las cartas se hacían realidad.
—Buenas tardes, Señora, permita que la ayude con la maleta.
—No hace falta Alba, yo llevaré la maleta de Rosa, pero puedes ayudarla con el cello, ella no se separa de él ni un minuto pero seguro que agradecerá su ayuda.
Alba se acercó al coche para ayudar a Rosa. Cuando estaba cerca de ella, Rosa se aproximó mucho a su cuerpo. Las dos pudieron notar el calor de la otra.
—Veo que lo que me dijo es verdad,  y que eres una chica preciosa...
—Gracias, señora —Dijo Alba ruborizándose al pensar que él la consideraba guapa.
Ayudó a Rosa con el cello. Rosa parecía conocer perfectamente la casa.
—Lo dejaremos en la sala pequeña, esta noche daré un pequeño concierto privado después de cenar —dijo guiñándole el ojo de forma pícara.
Alba no supo qué pensar pero sonrió, aquella mujer derrochaba simpatía. De todas formas, mientras se retiraba para prepararles la cena fría que habían pedido, le dio muchas vueltas a lo que había querido decir con lo de un concierto privado y a lo que podría significar aquel guiño.
Sirvió la cena en el porche. El señor llegó primero, vestido con un traje de lino, sin corbata. Le sirvió una copa y él esperó hasta que llegó Rosa, vestida con un traje de noche negro con un gran escote en la espalda que llegaba casi hasta las nalgas y unos zapatos de tacón alto. Después de los postres Alba sirvió el café y preguntó si deseaban algo más.
—No, Alba, puede retirarse, ya ha trabajado suficiente por hoy.
Ella esperaba poder estar más tiempo cerca de ellos, estar cerca de aquellas historias que leía, poder vivir todo aquello que se había metido tan dentro de su cabeza. Se retiró a su cuarto y se sentó en el sofá que estaba delante de la televisión.
Era una habitación grande, casi un pequeño apartamento. En la entrada había una sala independiente con un sofá, una pequeña mesa y una televisión grande y plana. Separado por una pared de esa sala estaba el dormitorio con unas ventanas grandes al fondo que daban al jardín y una puerta a la derecha que daba a un cuarto de baño en el que había una bañera grande y redonda.
En la televisión echaban una vieja película en blanco y negro de los años cuarenta. En otro momento la habría mirado con atención pero esa noche lo que deseaba era ver qué sucedía en el piso de abajo.
Entonces escuchó como el sonido del cello rasgó el silencio de la noche y penetró, gimiendo y llorando, entre las piedras de los muros de la casa, hasta envolverla en aquella música que la atraía hacia la puerta.
Salió del cuarto, vestida apenas con una camiseta larga y unas bragas e intentó no hacer ruido al caminar por el pasillo. Abrió muy despacio la puerta de la habitación que estaba encima del salón. El suelo de esa zona era de tablones de madera que asentaban sobre las vigas de roble que aguantaban el techo de la sala. Era una sala que no se solía usar y que solo tenía una cama, una cómoda, un armario y un viejo mueble con una palangana y una jofaina.
Un día, al limpiar ese cuarto, se había dado cuenta de que había un par de puntos en los que los tablones no ajustaban perfectamente, y que desde allí se podía ver la mayor parte de la sala que estaba debajo.
El día que lo descubrió, el Señor leía un libro viejo y grande, con páginas de pergamino, sentado en el sillón delante de la chimenea y ella estuvo un rato intentando ver mejor ese libro. Al cabo de un rato vio como él lo guardaba en un viejo armario que debía tener más de doscientos años y que siempre estaba cerrado. Sólo él tenía la llave de aquel armario.
No encendió la luz de la habitación al entrar. En el suelo, en la esquina, se veía como subía la luz de la sala por una rendija. Ella gateó hacía esa pequeña mirilla, despacio, intentando repartir todo el peso de su cuerpo para no hacer crujir la madera.
El agujero estaba al final del cuarto, antes de una alfombra situada debajo de la ventana. Se colocó en esa alfombra, con el culo levantado y la cabeza bien pegada a la madera. Justo en ese momento paró la música y ella se quedó paralizada pensando que igual había hecho algún ruido. Su corazón  se aceleró más al ver la escena que tenía debajo. Podía ver los cuerpos en diagonal. El señor estaba sentado en el sillón, con un batín de seda abierto que dejaba ver su cuerpo desnudo, su polla dura y tensa que acariciaba lentamente mientras miraba a Rosa.
Ella estaba desnuda delante de él, sentada en una silla, con las piernas bien abiertas. Su mano derecha sostenía el cello, ligeramente apartado de su cuerpo, para que él pudiese verla a placer. Su mano izquierda estaba colocada con la palma hacia arriba encima de su muslo izquierdo. En sus pezones había dos joyas con una forma geométrica, pero no se podía ver si se aguantaban con unas pinzas o si los pezones estaban perforados como los lóbulos de una oreja.
Su pubis estaba completamente rasurado y se podía ver que entre ella y la silla había un vibrador grande y ancho que se clavaba hasta muy adentro de su coño.
Pudo ver como él hizo otro gesto y ella empezó a tocar de nuevo una música que penetraba en las paredes y hacía vibrar los tablones sobre los que reposaba su cara. Alba metió su mano dentro de las bragas y se empezó a tocar, mientras veía los movimientos del brazo de Rosa y observaba como el señor se masturbaba y sonreía mientras miraba a la joven o cerraba los ojos y escuchaba la música.
Más adelante descubriría que se trataba de la suite número dos para cello de Johann Sebastian Bach. En aquel momento para ella era sólo una música que se confundía con el placer y la excitación que sentía mientras sus dedos jugaban con su clítoris o penetraban su coño al ritmo contagiante de la música que daba vueltas dentro de la sala.
Cuando sonaron los últimos compases Alba tuvo que hacer un esfuerzo para no gemir y descubrir su posición. Estaba a punto de estallar e intentaba controlar su respiración mientras notaba el sudor que resbalaba por su piel.
Él se levantó del sillón, su batín abierto dejaba ver su polla enhiesta y brillante. Se acercó a Rosa y acarició su rostro con la punta de los dedos. Cuando estuvieron cerca de su boca ella los lamió y los besó, mostrándole el respeto y el deseo que sentía en esos momentos.
Él retiró el cello, lo dejó en un soporte a su lado e hizo que ella se incorporase y gimiese al notar como ese vibrador parecía negarse a salir de ese coño encharcado que llenaba completamente.
Él hizo que ella se pusiese de rodillas delante de la silla, dándole la espalda, y acarició su nuca mientras la empujaba hacia delante
—Lame y chupa la polla de la silla, Rosa, y déjala bien limpia.
Ella empezó a lamer y a chupar mientras él, de rodillas detrás de ella, la agarró por las caderas, la penetró de golpe y comenzó a follarla con fuerza.
Fue entonces cuando Alba pudo ver el final de la espalda de Rosa. Al principio de la nalga derecha, por la tarde oculta por el vestido, había una marca en forma de letra de algún alfabeto para ella desconocido. Rosa no hablaba, lamía y chupaba y respiraba profundamente, mientras sentía aquella polla que quemaba en su coño. Alba se masturbaba lentamente e intentaba aguantar y no correrse. De hecho, tuvo que parar y disfrutar apenas de mirar, de notar su coño hinchado y abierto y de imaginar que era a ella a la que follaba el señor. En ese momento levantó aún más el culo en pompa, como si él estuviese detrás y pudiese ver cómo se lo ofrecía.
Él se corrió dentro de Rosa y se quedó un buen rato con la polla dentro de aquel coño palpitante. Después le dio la vuelta y la besó. Se incorporó entonces y tiró de ella para que hiciera lo mismo, pero ella se abalanzó sobre su polla y empezó a lamerla y a limpiarla con devoción. Él sonrió por el detalle espontáneo de Rosa y la dejó hacer, mientras él acariciaba los rojos rizos de su pelo.
La mirada del señor estaba perdida en el fondo de la sala. Por un momento Alba pensó que la había visto. Nunca llegaría a saber si él sabía que ella estaba en la sala de arriba, y en ese momento tampoco le dio mucho tiempo a pensarlo porque al instante él levanto del suelo a Rosa, le acarició las nalgas y le dijo que era hora de usarla en la cama.
Alba se apresuró a salir de la habitación y a llegar a su cuarto. La habitación de él estaba en el otro extremo del pasillo, pero tenía miedo de que pudiese descubrirla al subir la escalera.
Ya en su cuarto, Alba intentó asimilar lo que había visto. Entonces empezó a oír gemidos y azotes amortiguados por el espesor de las paredes, y se volvió a masturbar con desesperación mientras deseaba ser ella la follada, y sin poder evitarlo, se corrió de una forma inesperada, larga y salvaje, que la dejó desmadejada en la cama.

martes, 12 de junio de 2012

Doble placer


 
Las dos se enlazan, se muestran, no juegan para ellas, son juguetes, juegan para él, se exhiben, disfrutan de su placer. Ha pasado el tiempo de la humillación o de la vergüenza, mientras se intentan lamer, mientras se tocan, le escuchan hablar y sus palabras penetran en su mente y las excitan aún más. Les dice que no le pongan como escusa, les dice que sabe el placer que les da darle placer, pero que las conoce mejor que ellas se conocen, que son dos perras en celo y que les calienta exhibirse y tocarse.

—Quiero veros a punto de correros. Quiero sacaros a pasear y que tiréis del carro completamente empapadas.

Las dos sonríen y se tocan. Saben que después del ejercicio las bañará y tomará posesión de su cuerpo.