Los problemas que ha habido en los últimos días en los botones de venta del libro Camino de sumisión están solucionados. Muchas gracias por haber avisado a la editorial del problema.
domingo, 31 de marzo de 2013
sábado, 30 de marzo de 2013
Actualización de puntos de venta
En la barra lateral se encuentran los links a las actualizaciones de los puntos de venta de Caminos de sumisión, en formato papel y ebook.
En formato papel el libro puede ser ya encargado en las páginas de librerías de Argentina, Mexico y Colombia, además de librerías de diferentes puntos de España.
En cuanto al ebook, ademas de poder ser encargado en la página de la editorial, en formato pdf o epub con personalización con el nombre del comprador, ya está también disponible en formato kindle en la página de Amazon.com, así como en las páginas de Amazón de España, Inglaterra, Canada y Brasil. Igualmente puede ser adquirido en formato pdf en la página de Lulu.com.
domingo, 24 de marzo de 2013
Recuerdo
La primera vez que la vi ya estaba entregada. Fue ella la que me pidió, casi como una súplica, que la primera vez que mis ojos viesen su cuerpo fuera desnuda, boca abajo sobre la cama, con los ojos vendados. Recuerdo la excitación al levantar el felpudo de una puerta desconocida, después de un largo viaje, y ver la llave que abriría mucho más que una puerta. Mucho más que esa puerta detrás de la que había una casa que olía a incienso y en la que sonaba una leve música. Esa misma casa que exploré tomándome mi tiempo, hasta encontrar su cuarto y verla allí entregada, nerviosa, y notarla temblar como una hoja al sentir mis dedos que rozaban levemente su espalda.
sábado, 23 de marzo de 2013
La privación de los sentidos
Es evidente el efecto que produce la anulación de los
sentidos en una sumisa. La venda en los ojos, unos simples tapones en los oídos,
el no saber que va a suceder o cuando va a suceder, el tiempo que ha pasado, todo
ello contribuye de manera especial a que sienta más, a que sea más consciente,
aún si cabe, a su condición.
Sin embargo siempre he creído que esa anulación de uno de
los sentidos es también especialmente interesante para un Dominante, en
determinadas circunstancias. Intentaré explicarme. Las primeras veces que he
hablado con una sumisa por teléfono, antes de conocerla en persona, o incluso después,
en los primeros momentos de la relación; el hecho de no ver su cuerpo, la
circunstancia de ver disminuida la cantidad de información que llega al cerebro
en forma de imágenes y tener que atender simplemente a la información que llega
a los oídos, ha hecho que sienta de manera especial a la sumisa. En esos
momentos un simple cambio en el tono de su voz al excitarse, un gemido que nace
sin poder ser contenido, el temblor en su voz ante lo inesperado o ante la
humillación, se convierten entonces en un placer especial que no hubiera sido
posible con la distracción de ver su cuerpo entregado.
Un Dominante debe contenerse a menudo y no dejarse llevar
por los sentidos y los deseos. La posibilidad de usar a la sumisa es tentadora
pero aun lo es más la posibilidad de conocerla hasta en sus más pequeños
detalles. Esos pequeños detalles y reacciones que permiten profundizar en su
doma y en su aprendizaje de una forma más completa y duradera.
lunes, 18 de marzo de 2013
Puntos de Venta
La editorial que ha publicado Caminos de sumisión ha llegado a un acuerdo para que la novela en papel pueda ser comprada también en diferentes puntos de venta, tanto de España, como de varios países en América. A medida que me indiquen esos puntos de venta os los comunicaré. El libro podrá ser adquirido en la página web de esas librerías y también podrá ser encargado en las propias librerías. La edición digital seguirá vendiéndose a través del link que hay en la barra de herramientas de esta página.
Aquí tendréis actualizados los puntos de venta del libro impreso: Puntos de venta
viernes, 15 de marzo de 2013
Placeres inmediatos y placeres sutiles
Hay placeres evidentes y placeres sutiles. Hay placeres inmediatos y
placeres que se saborean lentamente.
Usar sin contemplaciones a la sumisa, tomándola como la propiedad que es,
de forma inesperada, sin más, produce un placer inmediato. El placer de usar y
el placer de ser usada. Un placer que a menudo es efímero y violento y muere
como una mariposa ante el fuego, dejando un instante de vacío, no obstante
también placentero. Es un tipo de placer que personalmente creo que no puede
servir como piedra sólida en la que asentar una relación de Dominio y sumisión,
pero que no solo es necesario en su justa medida si no que, además, es
recomendable para la educación de una sumisa..
Por el contrario siempre me ha producido un placer mayor, mas intenso y
duradero el disfrutar del momento anterior, sea este breve o de muchos días. La
preparación, jugar con su mente, hacer que tome iniciativas, que no sea solo
una máquina de esperar, que se prepare para el momento; que en esa preparación,
en ese decidir que ponerse, que perfume usar, como esperar a su Dueño, que
palabras decir ante él, o que silencio ofrecerle, sirva para que sea más
consciente de su entrega y de su sumisión. Para que sea aún más consciente
aunque este haciendo la tarea más monótona y cotidiana, de a quien sirve, y que
por ello no pueda evitar que su mente vuele excitada en todo momento y desee
sentir el calor de unas manos tomando su cuerpo, anhele los azotes, el ser
tomada o simplemente el estar ofrecida ante él, desnuda, mientras la ignora
como a un mueble. Un mueble humillado, encharcado, tembloroso y excitado.
De usarla sin más se obtiene ese placer inmediato, pero de paladear durante
días la idea de entrar en la habitación y verla ofrecida, sin saber lo que se
va a ver, de saborear en la mente el placer de inspeccionar, de premiar o
corregir el resultado, se obtiene un placer más sutil, más profundo que alcanza
su climax cuando se escucha ese delicioso gemido y temblor al rozar levemente
su clítoris con los dedos deslizándose entre sus labios para comprobar su
humedad.
Después es el momento de disfrutar de su cuerpo, de azotarlo, de follarlo,
de sacar de él todas las notas musicales, todos los gemidos, temblores,
lagrimas de placer y de dolor, de llevarla hasta sus limites, de hacer que
desee superarlos, de disfrutar de su entrega; una entrega sincera, directa, sin
concesiones, una entrega que no espera un premio, que simplemente disfruta de
ser un juguete en las manos de su Amo y de ver el placer en la mirada del Dueño
de su placer.
Y al fin el último sorbo de placer, decidir si se desea verla explotar o si
se desea negar ese orgasmo y disfrutar de verla caliente, muerta de ganas de
correrse y al mismo tiempo deseando estar así de caliente para siempre.
Una decisión difícil, sí. Pero una decisión sumamente placentera… todo está en la mente.
VI Capítulo de Caminos de sumisión
Al día siguiente Alba se despertó temprano, excitada, como
si aquel orgasmo no hubiese sido suficiente para saciar todos aquellos orgasmos
anteriormente contenidos. Remoloneó un rato en la cama y después se levantó
para preparar el desayuno.
El señor le había dicho que no los molestase hasta las diez
y que entonces sirviera el desayuno en el jardín. No hizo falta avisarlos, los
dos bajaron puntuales. Él con pantalón y camisa, ella con un vestido por encima
de la rodilla. Estuvieron un rato hablando mientras desayunaban en el jardín. Después
dieron un paseo entre los rosales, mientras Alba recogía la mesa.
A las doce Alba fue a buscar las maletas. El señor estaba
en el porche, hablaba con Rosa y le susurraba algo al oído. Ella tenía las manos
en la espalda, no de forma muy acentuada, y sus labios estaban húmedos, sin
poder evitar mordisquear el labio inferior a cada momento.
Él tomó el cello y lo llevó hasta el coche. Ella mientras
tanto se acercó a Alba para despedirse, dándole dos besos muy, muy cerca de los
labios y casi inmediatamente le susurró al oído.
—Ha sido un placer, Alba. Espero que tengamos oportunidad
de conocernos mejor en otro momento y que puedas escuchar mi música, como ayer,
pero delante de mí... Será nuestro pequeño secreto...
Después de decirlo la miró brevemente, le hizo un guiño
pícaro y le sonrió.
—Tienes aquí mi tarjeta, si alguna vez vas por mi ciudad
estaré encantada de enseñarte, cosas…
Alba se quedó parada, sin saber qué decir e intentó
asimilar las palabras de Rosa. De inmediato se dio cuenta de que sonreía, esa
mujer tenía la virtud de hacerla sonreír.
—Gracias, señora, es muy amable conmigo.
El coche partió en dirección al aeropuerto y ella se
quedó sola en casa. En cierto modo tenía tanta vergüenza y miedo por que la
hubiese descubierto, como una sensación de libertad al saber que alguien más sabía
lo que sentía. Por un lado le aterraba que ella se lo contase a él, por otro se
moría de ganas de que él conociera todos sus deseos. Sin darse cuenta se había
enamorado de aquel hombre que no parecía hacerle mucho caso y también de su mundo,
ese mundo de dominación y de sumisión, que había penetrado tan dentro de su
mente. Entonces sintió la necesidad de saber más de Rosa, miró la tarjeta, se
sorprendió al ver que vivía en la misma ciudad en la que ella había crecido, y
reconoció la letra. Era la misma letra de la carta de la llegada de Clara y
también de una de las cartas que aun no había leído.
Subió rápidamente al desván, no podía esperar a que él
volviese del aeropuerto, buscó apresuradamente esa carta y comenzó a leer.
Quince minutos. La voz sonó
en la puerta entreabierta. La cara de la chica la miró fugazmente, sentada ante
el espejo, con los ojos cerrados y una melancólica sonrisa, mientras acariciaba
melosa su cello. Quince minutos. Cuántas veces escuché esas palabras en teatros
de todo el mundo, cuántas veces sentí en mi vientre los nervios antes de salir
y enfrentarme a miles de ojos curiosos y anhelantes. Y sin embargo este día no
era como otros. Largos años rechacé volver a tocar en esta ciudad, largos años
huyendo de ella. Mi mente no está en el camerino. Mis pensamientos están muy
lejos. Mis ojos entonces también estaban cerrados…
Yo tenía los ojos vendados y el cuerpo
desnudo, estaba sentada en un pequeño taburete, entre mis piernas expuestas y
abiertas, el cello, como un sonoro amante, unas pinzas lacerantes en los pezones,
y gemidos de placer que salían de la madera y de las cuerdas. Él siempre
sentado en el sofá, mirando, escuchando, disfrutando de verme, mientras bebía
una copa de vino.
—Haz gemir al cello, dale vida, que su sonido
sea lamento, placer, excitación, que su canto limpie el aire de esta sala.
Sonrió al recordar como se había sentido al
día siguiente, los pezones doloridos, el cuerpo excitado, las nalgas aún
resentidas, la manera en que tocó su viejo y querido cello en la clase de
música, sacándole por vez primera sonidos que de él nunca habían salido. Sí,
recordaba la cara de sorpresa del viejo profesor, la admiración, la fuerza que
nacía de su interior.
Dolía, dolía recordar todo esto, tan lejano
y tan cercano.
Cinco minutos. La voz viva y joven me hizo
entreabrir los ojos y mirar el cello. Hermoso, sensual, una pieza de museo, una
joya de artesanía que, con todo, cambiaría sin pensar por mi viejo cello. Dolor
nuevamente. Haberlo perdido de aquella manera. Tener que entregarlo, que
venderlo para pagar un viaje, una nueva vida, unas caras lecciones en un país
lejano. Mil veces intenté recobrarlo, mil veces su propietario se negó a vendérmelo.
Cada vez que llamé a sus abogados, cada vez que insistí con ellos, recibí un no
por respuesta. Rabia, la rabia de sentir que el idiota que lo poseía no era quizás
más que un amante de la colección, que deseaba tener el cello de alguien
conocido.
Primero me desnudo, y luego me visto con mi
ropa de escena, con un largo y amplio traje negro y, como siempre, dejo que la
seda acaricie mi cuerpo como un rito y que nada más que ese vestido acaricie mi
piel. Suspiro, no se por qué, pero siento el deseo de ofrecer, de dar; acaricio con mis manos dos
pinzas que él me regaló en forma de joyas de plata, con unas lagrimas pesadas que
caen, y las coloco en los labios de mi coño rasurado. Deseo sentir dolor,
placer, para poder sacar del cello todo lo que llevo en el alma.
La luz se desvanece lentamente en el centro
del escenario, mis ojos cerrados detrás del cello, siempre cerrados mientras
toco. Las notas que suenan y atraviesan el aire. El recuerdo de sus palabras que
se cruzan en mi mente y juegan con las notas.
—Tú serás mi cello —me dijo un día—. Sacaré
de ti cada nota, cada gemido, cada suspiro entre mis piernas, como el cello
entre las tuyas; serás mi vivo instrumento, mi fuente de placer, llorarás de
placer, de dolor, de angustia, sentirás y me harás sentir.
Mi mente está en blanco mientras toco, los
labios de mi coño ardiente con las joyas que cuelgan de de ellos, mis manos
llenas de vida mientras dan vida a la música de Bach. Mi mente está lejos, en
otro tiempo, en la misma ciudad.
En mi cuello llevaba una cinta negra, mis
ojos vendados con un pañuelo de seda, mi cuerpo desnudo mientras tocaba el
cello. Él siempre esperaba a oír en la calle los gemidos, las notas hirientes
que lo llamaban y deseaban. Después entraba y se sentaba para verme, para
escuchar mi música, y esperaba para hacer después de mí el más hermoso de los cellos.
Ahora los aplausos, los gritos, y yo
saliendo del escenario y entrando de nuevo a saludar, cuando en realidad todo
lo que deseo es estar sola y huir, volver a casa, a la vieja casa, echarme en
la cama y llorar, y tocarme, y sentir placer en lugar de hacer el paripé, atender
a todos, recibir las flores antes de poder huir hacia casa, cansada y melancólica.
Salgo del teatro, huyo de la gente que solo quiere estar a mi lado, le doy al
taxista la dirección de mi vieja casa, tanto tiempo abandonada, y tiemblo
mientras el coche pasa por calles conocidas hasta pararse delante del portal.
Abro con miedo la puerta de esa casa a la
que no he vuelto desde hace años, todo está igual, los mismos muebles, las mismas
cosas. Entró en la sala y me quedo inmóvil. Mi viejo cello está en el centro de
la sala desnuda, a su lado una silla y sobre ella un pañuelo, una negra cinta
de seda y un sobre cerrado, sin nada escrito por fuera, que abro apresuradamente,
rasgando el papel, muerta de ganas de leer lo que hay dentro.
«No tendría que haberme negado tanto tiempo a
venderte el cello. Lo compré como una ofrenda, para tener un hermoso recuerdo.
Sabía que no aceptarías mi dinero, que necesitabas partir para crecer como
música y que la única forma era romper el lazo que te unía a mi voluntad. Muchas
veces coloqué este cello en medio de la sala y escuché uno de tus discos,
recordándote a ti y recordando a Clara. Pero ahora nada de eso importa, esa
sensación de culpa por no haber aceptado tus propuestas de comprar de nuevo el
cello se ha ido. No podía permitir que supieses que era yo quien lo había comprado
hasta que volvieses a la ciudad. ¿Recuerdas? “No volveré a esta ciudad si no
es para ser tuya”, me dijiste y ahora has vuelto, tu camino ha pasado de nuevo
por esta ciudad.
Por eso
hoy te escuchado en el teatro. Por eso no esperé al acabar el concierto y vine rápido.
Por eso estoy ahora sentado en el banco que está debajo del viejo chopo y
espero allí, mientras noto la niebla fresca en la cara, el momento en que
sienta de nuevo la música y poder entonces entrar y volver a tocar mi cello.»
Lloré, tengo que confesar que lloré, lo
demás ya lo sabe mi Señor, lo demás lo ha visto al entrar: una dama entregada,
su perra, mi cuerpo desnudo y pinzado, que siente el dolor y el placer de esperar
mientras toco, hasta que mi señor decida que es el momento de usar su cello.
Alba saboreó
cada una de las palabras, deseó sentir todas esas cosas y, al recordar el breve
roce de los labios de Rosa en la comisura de los suyos, se sorprendió al
descubrir que la deseaba también a ella. Pero, sobre todo, supo en este mismo
instante que ahora deseaba más, necesitaba más.
sábado, 6 de octubre de 2012
Sonríen
Él lee el periódico distraído, sentado en el sofá ignora totalmente a las
tres figuras desnudas que hay en la sala. Las dos mujeres están sobre una
alfombra besándose, se comen las bocas sonriendo con lujuria mientras sus manos pellizcan,
acarician, penetran. Están excitadas, saben que no pueden correrse y eso hace
que se humedezcan aún más. El sentirse ignoradas hace también que su mente se
acelere y que se concentren cada vez más en darse placer.
El sumiso está de pie,
con sus manos en la espalda. Es un hombre alto y delgado, sin vello,
perfectamente depilado. Su sexo está duro y su cuerpo erguido como una estatua
que espera una orden.
El Señor acaba las últimas páginas del periódico, lo dobla y mira a las
mujeres. Es el único que está perfectamente vestido con un traje de color
negro. Después mira para el sumiso y le ordena que se acerque, le sopesa los testículos
depilados con su mano mientras le pregunta porqué está excitado. Sabe perfectamente que el
sumiso es heterosexual, pero sobre todo que le excita la entrega y la sumisión.
Eso le divierte, le da un profundo placer jugar con sus mentes. Entonces le
ordena que se ponga de rodillas, se recuesta en el sofá mirando para las dos
sumisas y le dice que desabroche sus pantalones y que use su boca para ponerle
la polla tan dura como una piedra. Quiero usar a esas perras, le dice, y tu vas
a conseguir que mi polla esté bien dura.
A él no le ponen los hombres, pero siempre un especial placer en ver al
sumiso humillado, entregado, avergonzado y sometido. Obtiene en ese momento el placer mas de disfrutar del Dominio que de notar la boca del sumiso. Las mujeres se tocan pero
no pueden quitar la vista de la imagen del sumiso lamiendo y chupando y las dos desean ser
ellas las que notan como la polla de su Dueño se pone dura dentro de la boca. Cada vez están más
excitadas. Saben lo que va a suceder. Él mandará retirarse a una esquina al
sumiso, hará que se siente sobre sus talones, con las manos en la espalda y la
cabeza baja, avergonzado y excitado y después les ordenará a ellas que se
pongan una al lado de la otra, a cuatro patas con los pechos apoyados en la
alfombra y sus nalgas levantadas hacía el, ofreciéndose para que las use como
quiera.
La dos saben que entonces el las follará sin contemplaciones, pasando de
ellas, haciendo que se sientan nada más que dos coños y dos culos abiertos y
excitados. No lo pueden evitar, las dos sonríen mientras se mordisquean los labios. Solo de
pensarlo notan como se encharcan cada vez más.
lunes, 23 de julio de 2012
V Capítulo de Caminos de sumisión
Los días pasaron haciéndose más
largos y calurosos. El señor seguía con su particular juego de ajedrez con
Alba; le dejaba tiempo para curiosear entre las cartas y advertía como su
mirada se hacía, poco a poco, diferente.
Alba
estaba caliente todo el día. En las cartas Clara no se corría y estaba como una
perra en celo, que deseaba ser usada, que se moría de ganas de correrse y, al
mismo tiempo, deseaba no hacerlo. Eso hizo que Alba desarrollase un extraño
juego íntimo que nació de esa decisión que había tomado entre las sábanas de su
cama. Era juego y a la vez era complicidad, una complicidad entre ella y una
mujer que no conocía, entre su día a día y algo que había sucedido tiempo
atrás.
Algunas
veces Alba dejaba que ese juego la arrastrara más allá de los límites de su
dormitorio y decidía no llevar bragas bajo el uniforme. Durante el día estaba
tan absorta en sus tareas que se le olvidaba, pero siempre había un momento en
que se acordaba de su desnudez, y entonces sentía cómo se mojaba su coño
desnudo. Si eso sucedía en presencia del señor, no podía evitar preguntarse si
él lo sabía, concretamente se preguntaba si él podía oler su sexo, y una parte
de ella deseaba que, de repente y sin venir a cuento, él hiciera un gesto y la
tomase, en cualquier parte de la casa, sin miramientos, que la hiciese suya, aunque
esa expresión ya no significara lo mismo que antes de encontrar esas viejas
cartas en el desván.
A
principios de verano él le dijo que se ausentaría unos días y que si necesitaba
algo podía llamarle por teléfono, pero que lo hiciera únicamente si era
necesario.
Los
días sin él en casa se le hicieron largos. Primero pensó que estaría bien poder
descansar unos días, pero después echó en falta los pequeños e inocente
rituales, el llevarle el café al porche al final de la tarde, el estar atenta a
si necesitaba algo, e, incluso, el escuchar su voz.
Aprovechó
su ausencia para leer las cartas en el salón, debajo de un árbol en el jardín,
en la tumbona al lado de la piscina. Muchas veces se preparaba algo de beber y
se acomodaba en cualquier parte de la casa para leer tranquila, pero al final
siempre acababa en la habitación que más le recordaba al lugar que describían
las cartas.
En las
cartas Clara avanzaba en su sumisión, era usada para el placer de su Dueño y no
se corría. Alba tampoco tenía placer. Jugaba a estar a punto de correrse y
después cerraba los ojos, intentaba controlarse e imaginaba que él estaba a su
lado, que la miraba y podía escuchar su respiración entrecortada.
Imaginó
muchas cosas. Lo imaginó delante de ella, de pie, desnudo. Imaginó su boca
acercándose a su polla, imaginó cómo crecía y se ponía dura dentro de su boca,
imaginó cómo se la chupaba mientras él la movía lentamente y se follaba ese
coño dotado de lengua. Y lo mejor, imaginó que él la acariciaba al mismo tiempo
suavemente y le daba un azote de vez en cuando, con la fusta o con un gato, en
su culo y su espalda, un azote que le decía que le pertenecía y que hacía que
su coño se encharcase aún más.
Pero
también imaginaba que la acariciaba con ternura y tiraba de ella, que la
llevaba hasta la cama y la ataba después, boca arriba, y la mimaba y la
acariciaba, hablándole suavemente al oído, haciendo que su cuerpo y su mente se
abriesen aún más para él, y que después la follaba, muy, muy adentro.
Todas
estas imágenes hacían que estuviese caliente todo el día. Iba siempre sin ropa
interior y notaba el roce de la ropa en su piel. Algunas veces se ponía desnuda,
de rodillas, sentada en los talones sobre la alfombra de la sala, con las manos
en la espalda, como había leído tantas veces que se ponía Clara, y se quedaba
así, sintiéndose un poco ridícula pero sintiéndose también muy excitada.
Imaginó
que en vez de llamar a la puerta del señor para despertarlo, entraba en la
habitación y lamía su cuerpo hasta que él se desperezaba y entonces él le ordenaba
que chupase su polla hasta correrse dentro de su boca.
Y se
imaginó, también, desnuda en el jardín, con un collar en su cuello unido por
una correa a la mano de su Dueño, que había decidido llevarla de paseo. Hasta
llegó a probarse alguno de los collares de los mastines, que eran su única
compañía esos días y, aunque le quedaban grandes, le gustó verse así en el espejo.
Pensaba
que estaba loca, que se estaba montando una película en la cabeza, que no era
normal sentir esas cosas, que ella, precisamente ella, que nunca había aguantado
que la mangoneasen, no podía anhelar de esa forma tan intensa ser un cuerpo
entregado, un animal caliente y excitado, para ser usado como aquel hombre
quisiera. Pero al final siempre podía más la excitación que la vergüenza, el
deseo que el miedo, la alegría de vivir que pensar en esas cosas y en la
humillación de imaginarse en esas situaciones.
Y sí,
el mismo día que iba a llegar el señor probó por primera vez las pinzas de la
ropa. Había leído como el señor jugaba a menudo con Clara y le pinzaba los
pechos, los labios de su coño, su lengua, su clítoris. Y ella hizo lo mismo y
sintió un profundo dolor al principio que se convirtió en excitación cuando
notó como su coño se humedecía. “En qué me estoy convirtiendo”, pensó
asombrada, pero fue un pensamiento fugaz y se dejó llevar por el placer de
masturbarse mientras las pinzas apretaban sus pezones.
Al
atardecer sintió como los mastines se desperezaban y comenzaban a gemir. Ellos
escuchaban el motor del coche mucho antes de que hiciese todas las curvas que
había antes de la casa. Ella abrió el portón al ver llegar el coche, y después
de que este entrase volvió a cerrarlo.
Cuando
se acercó al coche vio que el Señor no venía solo. Con él salió del coche una
mujer de unos cuarenta años, pelirroja, vestida con un vestido corto, a medio
muslo, que se abría por delante. Llevaba unas sandalias de tacón bajo que se
unían con cintas a sus tobillos y a sus piernas.
—Buenas
tardes, Alba, espero que no se haya aburrido mucho estos días.
—No,
señor, tenía mucho que hacer en el jardín, así que he estado muy ocupada.
—Veo
que se ha puesto morena, espero que haya aprovechado la piscina.
—Lo he
hecho, señor, muchas gracias por ofrecérmela.
—Vaya,
parece que de repente me he vuelto maleducado, esta es Rosa, una vieja amiga
que pasará esta noche con nosotros.
Al
escuchar ese nombre Alba se estremeció. Rosa. Tenía que ser la mujer pelirroja
del relato con Clara. Las figuras de las cartas se hacían realidad.
—Buenas
tardes, Señora, permita que la ayude con la maleta.
—No
hace falta Alba, yo llevaré la maleta de Rosa, pero puedes ayudarla con el
cello, ella no se separa de él ni un minuto pero seguro que agradecerá su
ayuda.
Alba se
acercó al coche para ayudar a Rosa. Cuando estaba cerca de ella, Rosa se
aproximó mucho a su cuerpo. Las dos pudieron notar el calor de la otra.
—Veo
que lo que me dijo es verdad, y que eres
una chica preciosa...
—Gracias,
señora —Dijo Alba ruborizándose al pensar que él la consideraba guapa.
Ayudó a
Rosa con el cello. Rosa parecía conocer perfectamente la casa.
—Lo
dejaremos en la sala pequeña, esta noche daré un pequeño concierto privado
después de cenar —dijo guiñándole el ojo de forma pícara.
Alba no
supo qué pensar pero sonrió, aquella mujer derrochaba simpatía. De todas
formas, mientras se retiraba para prepararles la cena fría que habían pedido,
le dio muchas vueltas a lo que había querido decir con lo de un concierto
privado y a lo que podría significar aquel guiño.
Sirvió
la cena en el porche. El señor llegó primero, vestido con un traje de lino, sin
corbata. Le sirvió una copa y él esperó hasta que llegó Rosa, vestida con un
traje de noche negro con un gran escote en la espalda que llegaba casi hasta
las nalgas y unos zapatos de tacón alto. Después de los postres Alba sirvió el
café y preguntó si deseaban algo más.
—No,
Alba, puede retirarse, ya ha trabajado suficiente por hoy.
Ella
esperaba poder estar más tiempo cerca de ellos, estar cerca de aquellas
historias que leía, poder vivir todo aquello que se había metido tan dentro de
su cabeza. Se retiró a su cuarto y se sentó en el sofá que estaba delante de la
televisión.
Era una
habitación grande, casi un pequeño apartamento. En la entrada había una sala
independiente con un sofá, una pequeña mesa y una televisión grande y plana.
Separado por una pared de esa sala estaba el dormitorio con unas ventanas
grandes al fondo que daban al jardín y una puerta a la derecha que daba a un
cuarto de baño en el que había una bañera grande y redonda.
En la
televisión echaban una vieja película en blanco y negro de los años cuarenta.
En otro momento la habría mirado con atención pero esa noche lo que deseaba era
ver qué sucedía en el piso de abajo.
Entonces
escuchó como el sonido del cello rasgó el silencio de la noche y penetró,
gimiendo y llorando, entre las piedras de los muros de la casa, hasta
envolverla en aquella música que la atraía hacia la puerta.
Salió
del cuarto, vestida apenas con una camiseta larga y unas bragas e intentó no
hacer ruido al caminar por el pasillo. Abrió muy despacio la puerta de la habitación
que estaba encima del salón. El suelo de esa zona era de tablones de madera que
asentaban sobre las vigas de roble que aguantaban el techo de la sala. Era una
sala que no se solía usar y que solo tenía una cama, una cómoda, un armario y
un viejo mueble con una palangana y una jofaina.
Un día,
al limpiar ese cuarto, se había dado cuenta de que había un par de puntos en
los que los tablones no ajustaban perfectamente, y que desde allí se podía ver
la mayor parte de la sala que estaba debajo.
El día
que lo descubrió, el Señor leía un libro viejo y grande, con páginas de
pergamino, sentado en el sillón delante de la chimenea y ella estuvo un rato
intentando ver mejor ese libro. Al cabo de un rato vio como él lo guardaba en
un viejo armario que debía tener más de doscientos años y que siempre estaba
cerrado. Sólo él tenía la llave de aquel armario.
No
encendió la luz de la habitación al entrar. En el suelo, en la esquina, se veía
como subía la luz de la sala por una rendija. Ella gateó hacía esa pequeña
mirilla, despacio, intentando repartir todo el peso de su cuerpo para no hacer
crujir la madera.
El
agujero estaba al final del cuarto, antes de una alfombra situada debajo de la
ventana. Se colocó en esa alfombra, con el culo levantado y la cabeza bien
pegada a la madera. Justo en ese momento paró la música y ella se quedó
paralizada pensando que igual había hecho algún ruido. Su corazón se aceleró más al ver la escena que tenía
debajo. Podía ver los cuerpos en diagonal. El señor estaba sentado en el
sillón, con un batín de seda abierto que dejaba ver su cuerpo desnudo, su polla
dura y tensa que acariciaba lentamente mientras miraba a Rosa.
Ella
estaba desnuda delante de él, sentada en una silla, con las piernas bien
abiertas. Su mano derecha sostenía el cello, ligeramente apartado de su cuerpo,
para que él pudiese verla a placer. Su mano izquierda estaba colocada con la
palma hacia arriba encima de su muslo izquierdo. En sus pezones había dos joyas
con una forma geométrica, pero no se podía ver si se aguantaban con unas pinzas
o si los pezones estaban perforados como los lóbulos de una oreja.
Su
pubis estaba completamente rasurado y se podía ver que entre ella y la silla
había un vibrador grande y ancho que se clavaba hasta muy adentro de su coño.
Pudo
ver como él hizo otro gesto y ella empezó a tocar de nuevo una música que
penetraba en las paredes y hacía vibrar los tablones sobre los que reposaba su
cara. Alba metió su mano dentro de las bragas y se empezó a tocar, mientras
veía los movimientos del brazo de Rosa y observaba como el señor se masturbaba
y sonreía mientras miraba a la joven o cerraba los ojos y escuchaba la música.
Más
adelante descubriría que se trataba de la suite número dos para cello de Johann
Sebastian Bach. En aquel momento para ella era sólo una música que se confundía
con el placer y la excitación que sentía mientras sus dedos jugaban con su
clítoris o penetraban su coño al ritmo contagiante de la música que daba
vueltas dentro de la sala.
Cuando
sonaron los últimos compases Alba tuvo que hacer un esfuerzo para no gemir y
descubrir su posición. Estaba a punto de estallar e intentaba controlar su
respiración mientras notaba el sudor que resbalaba por su piel.
Él se
levantó del sillón, su batín abierto dejaba ver su polla enhiesta y brillante.
Se acercó a Rosa y acarició su rostro con la punta de los dedos. Cuando
estuvieron cerca de su boca ella los lamió y los besó, mostrándole el respeto y
el deseo que sentía en esos momentos.
Él
retiró el cello, lo dejó en un soporte a su lado e hizo que ella se incorporase
y gimiese al notar como ese vibrador parecía negarse a salir de ese coño
encharcado que llenaba completamente.
Él hizo
que ella se pusiese de rodillas delante de la silla, dándole la espalda, y
acarició su nuca mientras la empujaba hacia delante
—Lame y
chupa la polla de la silla, Rosa, y déjala bien limpia.
Ella
empezó a lamer y a chupar mientras él, de rodillas detrás de ella, la agarró
por las caderas, la penetró de golpe y comenzó a follarla con fuerza.
Fue
entonces cuando Alba pudo ver el final de la espalda de Rosa. Al principio de
la nalga derecha, por la tarde oculta por el vestido, había una marca en forma
de letra de algún alfabeto para ella desconocido. Rosa no hablaba, lamía y
chupaba y respiraba profundamente, mientras sentía aquella polla que quemaba en
su coño. Alba se masturbaba lentamente e intentaba aguantar y no correrse. De
hecho, tuvo que parar y disfrutar apenas de mirar, de notar su coño hinchado y
abierto y de imaginar que era a ella a la que follaba el señor. En ese momento
levantó aún más el culo en pompa, como si él estuviese detrás y pudiese ver
cómo se lo ofrecía.
Él se
corrió dentro de Rosa y se quedó un buen rato con la polla dentro de aquel coño
palpitante. Después le dio la vuelta y la besó. Se incorporó entonces y tiró de
ella para que hiciera lo mismo, pero ella se abalanzó sobre su polla y empezó a
lamerla y a limpiarla con devoción. Él sonrió por el detalle espontáneo de Rosa
y la dejó hacer, mientras él acariciaba los rojos rizos de su pelo.
La
mirada del señor estaba perdida en el fondo de la sala. Por un momento Alba
pensó que la había visto. Nunca llegaría a saber si él sabía que ella estaba en
la sala de arriba, y en ese momento tampoco le dio mucho tiempo a pensarlo
porque al instante él levanto del suelo a Rosa, le acarició las nalgas y le
dijo que era hora de usarla en la cama.
Alba se
apresuró a salir de la habitación y a llegar a su cuarto. La habitación de él
estaba en el otro extremo del pasillo, pero tenía miedo de que pudiese
descubrirla al subir la escalera.
Ya en
su cuarto, Alba intentó asimilar lo que había visto. Entonces empezó a oír
gemidos y azotes amortiguados por el espesor de las paredes, y se volvió a masturbar
con desesperación mientras deseaba ser ella la follada, y sin poder evitarlo,
se corrió de una forma inesperada, larga y salvaje, que la dejó desmadejada en
la cama.
martes, 12 de junio de 2012
Doble placer
Las dos se enlazan, se muestran, no juegan para ellas, son juguetes, juegan
para él, se exhiben, disfrutan de su placer. Ha pasado el tiempo de la
humillación o de la vergüenza, mientras se intentan lamer, mientras se tocan, le
escuchan hablar y sus palabras penetran en su mente y las excitan aún más. Les
dice que no le pongan como escusa, les dice que sabe el placer que les da darle
placer, pero que las conoce mejor que ellas se conocen, que son dos perras en
celo y que les calienta exhibirse y tocarse.
—Quiero veros a punto de correros. Quiero sacaros a pasear y que tiréis
del carro completamente empapadas.
Las dos sonríen y se tocan. Saben que después
del ejercicio las bañará y tomará posesión de su cuerpo.
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