sábado, 2 de junio de 2012

Pequeño adelanto

Poco a poco la historia de Caminos de sumisión crece, en mi mente aparecen las imágenes y la estructura de la continuación de esa historia y quiero ir compartiendo pequeños detalles con vosotros, sin pulir, sin corregir, tal y como van naciendo. Espero que os agraden.

El sol acariciaba su piel desnuda. La joven esperaba en el patio a que se secase su piel. Sus ojos estaban vendados y llevaba unos tapones en los oídos por lo que su aislamiento era total. Se encontraba en la misma posición en la que alba la había dejado, a cuatro patas y desnuda. No sabría decir cuanto tiempo había pasado desde que la había dejado sola, pero las gotas de agua que recorrían su cuerpo ya se habían secado y su pelo estaba también prácticamente seco. Su sexo, por contra, estaba completamente empapado. Podía notarlo, podía sentir la humedad con la ligera brisa que acariciaba su sexo recién rasurado. El Señor le había ordenado a alba que la limpiase como a una perra y la dejase después secarse al sol antes de dejarla entrar en la casa.
Ella se había dejado hacer. La mujer la había despojado del vestido y la había lavado en la misma posición que se encontraba ahora. Había notado las manos de alba enjabonando su piel, pellizcando sus pezones, penetrando en su sexo y en su culo. Se había excitado por el contacto pero también por la humillación que sentía, callada y obediente, mientras notaba el agua tibia de la manguera, calentada por el sol, que enjaguaba su cuerpo. De su boca solo salió un gemido leve cuando alba tiro con sus dedos del vello que había en los labios de su sexo.

No creo que al Señor le guste esto —le dijo.

Después vino el silencio y al cabo de un rato la sensación casi olvidada de unas manos recortando el vello con una tijera y luego de los dedos de alba que esparcían espuma de afeitar y acariciaban de vez en cuando su clítoris ansioso y vibrante. Su respiración se hizo cada vez más profunda al notar la cuchilla que afeitaba su piel, despacio, sin prisas, realizando una obra perfecta, hasta eliminar el más mínimo vello. 

Ahora sí, esto está mucho mejor —escuchó.

La mano de alba limpió los restos de espuma con agua fresca y acarició después los labios y el pubis de clara, dando pequeñas palmadas.

Tu piel se va a secar al sol, pero veo que tu sexo es imposible de secar, al Señor le va a gustar saberlo.

Después de pronunciar estas palabras alba le colocó unos tapones en los oídos y le vendó los ojos. Casi al instante hizo que la mujer se incorporase de rodillas, le colocó su mano en la nuca, tiró de su cabello hacia atrás y la besó profundamente, jugando con la lengua de clara que respondió al beso humillada y entregada.
Luego hizo que volviese a su posición, las gotas de agua se secaron al sol casi al mismo tiempo que su sexo se empapaba y los minutos pasaron lentamente, aislada, sin saber si la contemplaban o si estaba sola. Nada de eso importaba, solo sabía que había vuelto a aquella casa, nada de eso importaba, las cosas volvían a ser como nunca tendrían que haber dejado de ser.

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