Alba llegó al final de la mañana,
entró por la puerta de atrás, dejó las bolsas con la compra en la cocina y puso
las cartas sobre una bandeja. No pudo evitar examinar los sobres y buscar en
ellos aquella letra de mujer. Después fue al piso de arriba a ponerse su
uniforme e inmediatamente bajó a buscar la bandeja y llevársela al señor.
Él
estaba pensativo y miraba el fuego mientras acariciaba una bola de madera de
olivo, pulida y brillante por el pasar de los dedos y de los años.
—Disculpe,
señor, tiene aquí la correspondencia.
—Gracias
Alba, puede dejarla en la mesita, la miraré después de comer.
—La
comida estará dentro de media hora ¿Quiere que la sirva aquí o prefiere comer
en la sala pequeña?
—Sírvala
en la sala pequeña, allí hay más luz y me apetece ver el jardín.
—De acuerdo,
señor, abriré entonces las cortinas.
—Ah,
Alba —dijo el señor mientras ella se dirigía a la puerta, —después de recoger
la mesa puede tomarse la tarde libre. Estaré ocupado en el taller y no
necesitaré nada.
—Se lo
agradezco, señor, es muy amable.
Mientras
preparaba la comida, Alba pensaba en las cartas. El señor estaría toda la tarde
en un pequeño edificio situado junto a la casa, una antigua cuadra que él había
reconvertido en una pequeña carpintería donde tallaba madera y restauraba
viejos muebles. Ese pensamiento le hizo recordar sus manos, firmes y duras, mientras
manejaba las gubias y los formones, y tallaba y hacía formas sobre la madera y,
fugazmente, imaginó como sería sentir esas manos sobre su cuerpo. Sacudió
entonces levemente la cabeza y dijo para sí misma en voz baja:
—No
seas idiota, Alba, no seas idiota.
Media
hora más tarde ella preparaba la mesa. Él llegó cuando ya estaba casi todo
puesto y le dijo:
—Yo
abriré el vino, debe estar hambrienta. Vaya a comer y ya recogerá la mesa más
tarde.
— ¿No
va a desear tomar café?
—Hoy
no, Alba, esté tranquila, haga lo que más le apetezca y disfrute de la tarde.
Mientras
se marchaba a comer iba dando vueltas a aquella última frase y a la expresión
de su cara. ¿Había visto una sonrisa extraña en su boca? ¿Sabría algo de las
cartas? No, era imposible. Te estas volviendo paranoica Alba, pensó, tranquila,
tú disfruta de la tarde. Y al decir estas últimas palabras sonrió y volvió a
pensar en las cartas.
Después
de comer fue a recoger la mesa y poner los platos en el lavavajillas. Él ya
había salido y desde la ventana se veía la puerta entreabierta de la
carpintería, donde estaría toda la tarde. Entonces subió las escaleras con
pasos cortos y rápidos, como con miedo de que él la escuchase desde la carpintería,
un miedo irracional porque, por supuesto, sabía perfectamente que eso no era posible.
Se acomodó
en el suelo, cerca de la pequeña ventana que daba al patio, desde donde podría
escuchar en cualquier momento el ruido de la vieja cerradura de la carpintería,
y, allí recostada, comenzó a leer la primera carta que vio. La misma que el día
anterior había traído tantos recuerdos al señor.
Las
letras eran apresuradas y nerviosas, como si aquella mujer aún estuviese
temblando, como si aún estuviese sintiendo todo lo que describía y le contaba,
como si fuese un diario, a su Señor.
Tiemblo, siento mi cuerpo tan
intensamente que apenas puedo pensar en nada que no sean esas sensaciones
inmediatas... pero intento ordenar mis ideas, rehacer la secuencia de azotes y
caricias en silencio mientras noto como él se mueve por la habitación. Todo ha
empezado hace un rato, cuando me ha atado del techo y me ha enseñado un
precioso corsé negro que me ha puesto, apretando bien las cintas que lo ataban
a mi espalda. El corsé dejaba mis pechos al descubierto, irguiéndolos, y cubría
todo mi vientre por la parte delantera, por detrás llegaba hasta la cintura,
dejando mis riñones y mis nalgas al descubierto. No me ha dejado verme en el
espejo de cuerpo entero que hay delante de mí. Me ha vendado los ojos con un
pañuelo de seda negro, así que he tenido que imaginarme a mí misma vestida así
para mi Señor con mis manos atadas por las muñequeras que cuelgan de las vigas
del techo.
Enseguida ha empezado a azotarme
con una pala. Yo me concentraba en esa imagen mental, pensaba en mí, vestida y
abierta para mi Señor, en mi culo enrojeciendo bajo esa pala, en sus manos que acariciaban
y retorcían mis pezones... deseaba verme desde fuera, verme con sus ojos,
sentir lo que sentía usted, mi Señor, al ver a su perrita ofrecida.
He notado como se abrían las
cintas del corsé, lo he sentido caer al suelo, deslizándose por mis muslos. Por
un momento he pensado que me desataría, pero enseguida he sentido sus manos por
todo mi cuerpo, sus manos llenas de aceite, que acariciaban, exploraban,
presionaban. He sentido crecer aún más mi excitación, notaba como todo mi
cuerpo se abría para él, como mis sentidos se concentraban en cada pequeña
sensación, como mi sexo se abría y se empapaba por y para mi Dueño. Me notaba
temblar y sentía mis pezones duros y erguidos, mientras esperaba, anticipándome
a lo que vendría después, aun sin saber qué sería ni cuánto duraría, y me
humillaba al pedirle, una y otra vez, que me usase y me follase.
Su voz, que penetraba mi cabeza y
follaba mi mente y mi sexo, dejando claro quien manda. Mi voz que le ofrecía mi
entrega, ronca, casi sin poder hablar en medio de los jadeos, y le decía que
era su puta.
Me ordenó que levantara el culo
para él y en lugar de una caricia o de un azote en mis nalgas he sentido como
unas pinzas aprisionaban mis pezones. Dolor, esas pinzas asesinas que odio y
deseo. Placer, mi coño que chorrea sobre un plato. Vergüenza, dolor, por Dios, que
tire de esas pinzas…
Y enseguida, los azotes de sus
manos en mi culo, en mis nalgas, luego la fusta, la pala otra vez. No he podido
reprimir un gemido. Ha puesto la fusta en mi boca, no sé si para callarme o
porque le complacía verme así, mientras sostenía con cuidado en la boca esa
fusta con la que después quizá decida castigarme, o si simplemente quería poner
en mi mente esa idea... Sus manos, otra vez, jugando con mi clítoris, con mi
sexo, con mi culo, acariciando, comprobando su humedad, haciendo que sintiera
que le pertenecen, que toda yo soy suya.
Una breve pausa, siento como se
aleja de mí, me siento observada, temblorosa aún. Sus manos ya no me tocan,
pero perdura la caricia de su mente, la de sus ojos. En ese momento soy espera
y temblor, soy suya.
Quita las pinzas de mis pezones,
siento como la sangre vuelve a ellos, ahogo un gemido, y otro, cuando noto como
las pinzas con pesos tiran de los labios de mi sexo. Siento la caricia suave
del gato de nueve colas y sé que aún no ha acabado todo, que va a exigirme más,
y me siento feliz y temerosa... feliz de poder darle aún más, temerosa de
fallarle, de no estar a la altura de lo que espera de mí. Deseo más que nunca
que me sienta suya, que sienta mi entrega profundamente, tal y como yo la siento.
Los azotes y las caricias se
suceden, de vez en cuando me susurra al oído, me tranquiliza, pero mi mente
está sumida en un torbellino de sensaciones, mientras mi cuerpo se ofrece a sus
manos, a sus ojos, a su mente... Me pide la fusta que tengo en la boca y en su
lugar pone el gato, pero yo sigo en medio de ese torbellino. Cada caricia y
cada azote son un recordatorio de lo único que de verdad importa, de mi
entrega, de mi voluntad de pertenecerle. La fusta en mi coño mojado, mi Señor
me exige, me tensa, hace que esté apunto de correrme. Quita los pesos de mi
sexo, lo azota suavemente, lo acaricia con la fusta, libera mi boca del gato y
me acaricia una vez más. Y yo tiemblo y siento, y me siento temblar.
Otra pausa, me siento observada
una vez más. Se acerca a mí y me besa. Siento deseos de ofrecerme una vez más.
Me doy cuenta de que estoy llorando cuando noto como bebe mis lágrimas mientras
me besa. Siento como toda la ternura y el amor por mi Señor explotan dentro de
mí con ese gesto y deseo los azotes del gato convertidos en las más dulces
caricias. Temo y deseo que siga.
Siento cómo me mira antes de
soltarme, sus manos me sostienen y me ayudan a no caer mientras me coloca a su
lado en el suelo, a cuatro patas. Me pone la correa y el collar. Los azotes de
un gato caen sobre mi clítoris y cada azote viaja por mi cuerpo convulsionado
hasta mi mente. Mis nalgas se ofrecen a los azotes y a esas manos que deseo.
Nuevamente su voz “Eres mía, y tu Dueño va a follarte para su placer”, su
polla se clava dentro de mí, y me muestra lo abierta y mojada que estoy. Me
hace sentirme como su perra, su zorra. Sus palabras nuevamente, me recuerdan que
no voy a correrme, que me quiere así. Mi voz ahora le suplica que me deje tocarme
para él, ofrecerle mi tortura, mi entrega, y le dice que mi placer es suyo.
Otra vez su voz que exige “Tu Amo
va a correrse y quiere que estalles para él. Estalla." Siento como mi
mente y mi cuerpo se toman de la mano para obedecerle y me fundo con él en un
orgasmo intenso y muy dulce, mientras veo en mi mente su cara, esa cara que he
visto tantas veces cuando se corre. Después sus manos tiran de la correa y me llevan
a la cama. Noto como se recuesta a mi lado y busco su polla, la lamo
lentamente, la limpio y pienso que si mis ojos no estuvieran vendados en ese
momento mi Señor podría ver una mirada de adoración en ellos...
La mano
de Alba no podía evitar rozar su coño por encima del vestido, sus pechos.
Estaba caliente, tanto que no recordaba cuándo había estado tan mojada o si
alguna vez había sentido algo así. No lo comprendía, pero tampoco le importaba.
Necesitaba
tocarse. Se masturbó con los ojos cerrados, imaginaba que aquella mujer era
ella, y mientras lo hacía notaba como sus dedos se deslizaban en su interior, y
sentía los latidos de su clítoris, después los espasmos de su vientre y un
orgasmo largo y húmedo, inacabable, que la dejó postrada, acurrucada en una
esquina y jadeando.
Desde
la carpintería, el Señor podía ver en el cristal de la ventana del desván el
reflejo del cuerpo de Alba recostado junto a los cristales.
Sonrió
mientras acariciaba la tabla de madera de castaño con una gubia y recordó la
primera vez que vio a Alba, recién llegada de la ciudad, tímida y nerviosa; una
mujer en la treintena, morena, con algún que otro kilo de más bien repartido
por todo su cuerpo.
En
aquel momento no lo pensó, pero ahora sí que pensaba que era un cuerpo muy
azotable. La situación le divertía y le excitaba, pero no quería dar ningún
paso en falso, cada cosa a su tiempo.
Alba había
iniciado un sendero y los primeros pasos tenía que darlos sola. Llegaría el
tiempo en que necesitaría ser guiada, y entonces él estaría allí para educarla.
Como a Clara, como la primera vez que ella llegó hasta él, ofrecida y entregada.
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